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jueves, 4 de diciembre de 2014

El otro pacto, por Saúl Kastro

El 31 de noviembre de 2014, el general Felipe Ángeles llegó a la estación Tacuba fatigado por los apretones y pisotones al interior del Metro, salió para tomar una cerveza en la fonda de doña Lupe y desde ahí envió a uno de sus soldados para solicitar audiencia con el general Zapata a nombre del general Villa. La reunión se concedió para efectuarse el 4 de diciembre en la zapatería la Rivera de Xochimilco.

A las 8 de la mañana del día en cita, Villa transbordó en la estación Tacuba, acompañado de una escolta de 150 hombres de caballería. Por un momento se creyó que era una barra futbolera, pronto personal del Metro observó cuál era el asunto. Varios inspectores trataron de detenerlos con el argumento de estar prohibida la entrada al Metro con animales. Villa sacó su pistola, seguido de 150 fusiles con excelente puntería, y preguntó.
–¿Ah, sí, quién dice, pelaos?
Los de seguridad pasaron saliva, se miraron unos a otros nerviosos, preguntándose quién lo decía; luego aseguraron que solo era un mal entendido. Un inspector enfatizó.
–Claro que pueden pasar sus lindos caballitos, mi general, faltaba más.
–Sin embargo, mi general –aclaró el jefe de estación–, la poposita de sus cuaquitos ensuciaría los vagones.
El general Roque bajó de su caballo y le dio una bofetada.
–¡Sépalo usted, señor de ciudad, que ésta poposita ofrece más de lo que ustedes hacen por la imagen de sus vías, les puede abonar para que crezcan flores y adornen sus tristes andenes ¿alguna duda?–No, señor, ninguna, es tan claro como una elección federal.
–Ah, ta güeno. –Contestó el general Roque.
–¿Y podrían pasar por el arco detector de armas, plis? –preguntó el jefe de estación.
–¿Y eso pa qué, tú? –Preguntó Villa.
–Mero protocolo de seguridad, señor, no se preocupe, todo está bien. –Contestó el jefe de la línea.

Una vez que todos pasaron en orden por el arco, llegó el convoy, los trabajadores del Metro desalojaron de manera amable a los usuarios de los tres últimos vagones. Luego los jinetes aún montados intentaron entrar al mismo tiempo, no para ganar asiento, solo por la mal acostumbrada falta de cortesía, se hizo la polvadera; pero ante el caos y las decenas de sombreros tirados Villa advirtió que no estaban en combate, ordenó entonces a sus hombres desmontar y entrar con la calma que los caracteriza al final de sus batallas triunfantes.

Al interior, entre empujones, un caballo manoseó a una yegua, ella le dio un pesuñazo con la mera herradura, ¡ah, bárbara! Hasta unicornios le hizo ver alrededor. Vendedores ambulantes subían y bajaban desconcertados, pues a esos hombres de guerra no les interesaba la mercancía china, y eso que era bonita y barata; su atención era más bien para armas, mezcal, mujeres y tierra para sembrar. Quizás de haber sabido que vendrían, sus gustos los hubieran conseguido con rapidez en Tepito pero ya era tarde, se les fueron los clientes. Un vendedor de discos genéricos subió en la estación Revolución con su bocina a la espalda y música de las grandes bandas del heave metal, a todo volumen, caballos y jinetes se taparon los oídos ante el insoportable escándalo. El general Roque hizo polvo la bocina de aquel impertinente con cinco balazos.
–¡Chale, chale! –Replicó el vendedor.
–¿Qué, no te pareció? –Le replicó el general, acto seguido 150 hombres apuntaron con sus rifles.
–¡No’más porque traes banda, puto, pero un tiro tú y yo solos, órale cabrón, afuera de la estación!
Villa veía con singular alegría el valor de aquel joven, se levantó, sacó su arma y disparó al techo del vagón. El vendedor ambulante corrió mentando madres en un silbido.
–Ah, chamaco tan bartolo, él dijo “un tiro”; ese pelao podría ser un buen soldado, lástima que sea muy hocicón. ¡General Roque!
–Ordene, mi general Villa.
–Marquen con un círculo el orificio que produjo mi bala, le ponen un letrero que diga “aquí disparó Villa” y luego llevan este carro a un museo… como que de pronto sentí nostalgia por mi propia historia.

Los soldados aplaudieron.

Llegaron a Tasqueña, bajaron en tropel, todos en caballo aplicaron el “pos me salto” en los torniquetes para pasar al Tren Ligero. De igual modo los guardias trataron de oponerse, pero Villa y su séquito hicieron “bu” y los guardias retrocedieron. Solicitaron un tren exclusivo para los revolucionarios que venían de visita. Ahora ya sabían cómo entrar. El viaje fue relajante con canciones como Adelita, la Cucaracha y de Chente.

En la estación Periférico el tren se detuvo cinco minutos, hasta que llegó otro en sentido contrario y salieron de él diez soldados zapatistas para seguir al lado de Villa y su gente, como un acto de dar la bienvenida de manera cortés; en realidad era un modo de asegurarse que no habría traiciones, porque en tiempos de guerra abundan en todos los niveles. Luego avanzaron hasta llegar a la estación Tepepan, ahí ya los esperaba en el andén, Zapata y un grupo de hombres armados, a caballo y a pie. Recibió al general Francisco, quien a su vez le dio un ramo de flores y Emiliano las recibió con una sonrisa, ambos estrecharon sus manos y continuaron juntos hasta el centro de Xochimilco.

Llegaron a la zapatería en cita y ya les tenían preparado el desayuno. Exquisitos manjares típicos de la zona chinampera. ¡Qué banquetazo se dieron los generales!… al tropezar con una coladera mal cerrada. Rieron de su mal paso, consideraron lo sano que es saber reír de su propios errores y luego mandaron a las dos tropas a darle pamba al que olvidó cerrar la pinche coladera estúpida.

Fue una mañana llena de esperanzas. Al final del desayuno el señor Mauro Quintero se puso de pie y habló: “he aquí frente a nosotros a dos hombres que no aspiran al poder enfermizo que solo busca la opulencia, llenar sus bolsillos para bien propio y vaciar el de la gente que confió en ellos. Dos hombres de auténtica lucha por altos ideales: emancipar la dignidad del trabajador y resarcir la igualdad social…”
–Señor Quintero –Interrumpió Zapata–. Mire, su discurso ya lo conocemos y comprendemos su pasión por palabrearlo, pero mejor guárdelo para otro momento, la verdad es que nadie le presta atención, todos atienden su feis, el guasap o como se diga, mejor véngase pa acá, a esta mesa, vamos a platicar y a echar un tlapehue.

Conversaron ampliamente, que si a Chuchita la bolsearon, que si las barbas de Carranza, que si los bigotes de Huerta, en fin, pura mera plática de alto voltaje. Una vez que terminaron la primera botella, como en ademán de secreto a oído de todos, Zapata invitó a Villa a echar el siguiente trago con el párroco de la Catedral de San Bernardino de Siena y continuar la plática de cómo podrían apoyarse entre las fuerzas principales, para dejar en santa paz a todos los habitantes. Villa aceptó y Zapata se puso de pie, los acompañó una comitiva de generales, coroneles y capitanes, de ambos jefes. Un muchacho llegó a prisa, movió del lugar un mueble con zapatillas, sacó de su chaleco un montón de llaves y removió una por una hasta dar con la que abrió la pequeña puerta de madera, color café. La oscura profundidad del túnel los invitaba a pasar. Antes de entrar Villa se detuvo a contemplar una zapatilla y se dirigió a su homólogo.
–Mire, mi general, pa un macho un zapato y pa una hembra, un zapata.
Todos estallaron en fuertes risas e hicieron eco a lo largo del túnel que cruza por debajo de la manzana y la Avenida Nuevo León, hasta llegar a los subterráneos de la Catedral.
–Ah qué mi Centauro del Norte, tan inche graciosito que me salió.
–Pos ai no’más pal gasto.

Avanzaron con antorchas en mano y guiados por el mismo muchacho. Aquel túnel fue construido a finales del siglo XIX por el señor Manuel Fuentes Coria, nativo de Santiago Tepalcatlalpan. Contemplado como vía de escape y lugar para conspirar en calma y a discreción, sin temor a paparazzis o a mal entendidos populares; pero sobre todo, lejos de los espías de aquella dictadura oligárquica que compra el poder con despensas y sus soldados encorbatados generan un pacto de impunidad; monstruo de diversos colores, que defiende sus privilegios a costa de sacrificar otras vidas, crea la violencia cotidiana y devora hijos, hermanos y padres.

“Vaya, viva la democracia”, dijo Villa en tono sarcástico al oír los motivos de dicha construcción. Zapata tapó su boca con cuatro dedos, se encogió en hombros, medio cerró los ojos y carraspeó su risa.

Llegaron hasta una puerta pequeña y el guía buscó por la pared un lazo discreto, el cual jaló dos veces e hizo sonar una campana a lo lejos. Esperaron un poco, luego alguien del otro lado de la puerta se acercó y silbó como jilguero en primavera, el guía contestó como tunera en verano. Hechas la seña y contraseña se oyó un mueble arrastrar del otro lado de la puerta. El párroco Refugio López, acompañado de su similar Rosendo Pérez, abrió la puerta y al momento extendió los brazos. 
–Caballeros, placer tan enorme de tener frente a mí a excelsas y distinguidas personas, síganme, por favor.
Subieron a la oficina del párroco, quien les ofreció un poco de vino. Apenas tomaron asiento el general Palafox comenzó a dar detalles del pacto que surgiría de aquel encuentro. Conversaron hasta entrados el mediodía acerca de las ventajas de apoyarse unos a otros, por el bien común como lo ordena la fe cristiana y requiere la situación nacional.
Sucedió entonces, en ese preciso momento, terrible desgracia, la cual sacudiría a la nación y razón sería del endurecimiento de los ataques revolucionarios en los próximos días. Villa advirtió que no depondría las armas, todo lo contrario, regresaría al norte para continuar al mando de la lucha. Se acercó con su puro en la boca, a la ventana para contemplar la nave del mercado Xochitl, se percató de un francotirador apostado en la azotea del lado poniente de la Catedral, del otro lado de la Avenida Nuevo León, sonrió, levantó la copa, dijo “salud” y dio un trago; en ese momento cayó fulminado por una bala que le atravesó el corazón. Zapata, los párrocos y los demás apresuraron sus armas, cargaron al caído y salieron por el mismo túnel a organizar un ataque frontal y despiadado contra La Orden, organización de sicarios que funge como el brazo armado de la dictadura, financiada por empresarios, políticos y traficantes, nacionales y extranjeros, para quitar del camino a quienes les estorben en sus intereses particulares.

Zapata sabía que él sería el próximo en estar bajo la mira del mismo francotirador que mató a su amigo, solo era cuestión de tiempo, pero antes de que eso sucediera juró que no descansaría hasta meterles toda la pólvora posible hasta por debajo de la lengua. De cualquier modo él también sabía que su misión estaba ya cumplida.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Objetos extraviados, por Saúl Kastro

Objetos extraviados
por Saúl Kastro

¿Mi virginidad? Esa me la entregaron en la estación Candelaria, en la Oficina de objetos extraviados, alguien la encontró en la estación Pantitlán e hizo el favor de devolverla, aún en buenas condiciones, tal vez para usarse dos o tres veces más, no por otra razón mas que simple nostalgia, la adorné con algunas cartas añejas y la colgué al lado de mi “atrapa sueños”, en la cabecera de mi cama.
Pero la siguiente vez perdí algo que de verdad me importó era Una parte de mi vida; no era en sí mismo un objeto, pero sí era tangente. Así que por tal razón me dirigí de nuevo hacia la estación del patito a preguntar por esa parte de mi vida que extravié en la estación Tacuba. Por fortuna alguien la vio, no le interesó y la devolvió. Pero en dicha oficina me solicitaron comprobantes, pues ahí había abundantes partes de vidas extraviadas, pocos las reclaman, así lo dijeron.
Difícil tarea demostrar que algo te pertenece cuando no es propiamente un objeto con facturas o algún otro documento de compra – venta. Es más, ni siquiera había nacido con esa parte de mi vida, se fue construyendo poco a poco con risas, lágrimas, caricias y besos. Entonces se me ocurrió llevar muestras de mis glándulas lacrimales, supuse que esa parte de mi vida debía contener algún rastro mío para ser comparado. La intención era también llevar a la Shina para que le tomaran muestras de sus besos y caricias con fines comparativos, pues cuando fue mi novia dejó abundantes rastros, pero su esposo se negó, ni modo.
Sin embargo las muestras no servirían porque la Oficina no cuenta con laboratorio para hacer análisis. Pero me dijo el encargado que si contesto algunas preguntas que me formulará el valuador sería más fácil recuperar lo que busco.
–Por supuesto, las que quiera.
–Pero será a su regreso, se fue de vacaciones y no dejó a nadie en su lugar, pero no se preocupe regresa dentro de 20 días.
“Pa su madre”, pensé. Tuve que esperar entonces 28800 tediosos minutos, me entretuve un poco zurciendo los bolsillos de otra parte de mi vida.
Llegado el día y la hora me encontré delante del valuador. Me pidió le dijera la cantidad y descripción física de las cicatrices de la parte de mi vida.
–Por su puesto –dije–. Tiene tres, una en la parte del olvido, otra en la tibia y la tercera está en el temporal. Esta última tiene forma de corazón, se me formó hace tiempo. Verá usted, solía pasear en el parque de los venados los viernes por las tardes, fue en una de esas cuando la encontré, ella…
–Aquí tiene –interrumpió sonriendo, acto seguido me extendió un documento de registro y un bolígrafo de tinta negra–. Va usted a poner aquí en esta parte –señaló con su dedo índice–: recibí de conformidad, su nombre, firma y fecha.
–Ah… ok.
Realicé la instrucción y devolví el documento.
– Gracias, es todo, que le vaya bien, hasta luego –me dijo de forma amable.
Eché la parte de mi vida en mi maleta, agradecí, me despedí y salí. Ya en el convoy, dirección a Observatorio, descubrí que me traje el bolígrafo de la Oficina de objetos extraviados, sin darme cuenta lo guardé en mi bolsillo.

miércoles, 4 de junio de 2014

El sueño de una musa, por Saúl Kastro

El sueño de una musa
por Saúl Kastro


Heme aquí, camino al hospital, voy por ella.
            Todos pensaron que se aventó a las vías, justo cuando pasó el Metro. Hubo gritos de terror, desmayos y otras confusiones. Pero no, no se aventó, se cayó de sueño la muy atolondrada, levantó el brazo para hacerle la parada al convoy ¿puedes creerlo? No hacía broma, fueron signos de alucine, preludio a su caída, quien sabe qué estaba soñando, que era el micro o un taxi… qué sé yo; luego ¡Pum! Fue a despertar al hospital.
            Ayer por la tarde me habló para avisarme que iría con sus amigas de… ¿cómo dicen ellas?... de pari. ¡Qué pinche pari ni que la fregada! Parida de madre que se puso cuando azotó en las vías. De suerte que es chaparrita y menudita, embonó perfecto entre las vías y la máquina le quedó encima. Solo se dio en la cabeza un chipotazo… o chiputazo, como gusten. Le dije “no te desveles, te necesito al cien el sábado temprano para hacer ese cuento”, pero no me hizo caso, nunca me hace caso, es una irreverente, me dijo “sí, sí, yo estaré al mil…”, me tiró de a loco. Así nada más.
            El jueves se desveló viendo películas de zombies. El viernes en la mañana se fue somnolienta a trabajar y a mediodía empezó una de sus compañeras del trabajo a enviar mensajitos por el celular a las demás. “Por fin es viernes ¿una cervecita?”… alborotó el gallinero y sus amigas la sonsacaron, sí, fueron ellas, como si no las conociera. Le dije… ah, por que sí le dije “no vayas a llegar tarde, recuerda que mañana temprano…”, “sí, sí, mañana tu cuento, ya me dijiste.” Y otra vez me ignoró, nunca me hace caso, nunca, por eso me enojo.
            Pues se fue con sus amigas a un antrillo, cerca del Metro Mixcoac. Y bailaron y pidieron cerveza una y otra vez, como si fueran gratis ¡carajo! Ya para las once de la noche estaba más tirada por sueño que de ebria. Yo le dije, se lo advertí, “si vas a tomar te regresas en taxi y acompañada con todas”, pero no me hizo caso, se salió de su “pari” con una de sus amigas, que no sé si igual de borracha o igual de dormida, para el caso fue igual que salirse sola. ¡Pero en qué cabeza cabe dejarlas que se regresen solas, si salen juntas, juntas se regresan! Pero no, las dejaron ir porque el Metro estaba en la siguiente esquina.
            Pues ahí tienen al remedo de la Guayaba y la Tostada, bajando las escaleras eléctricas, abrazadas y berreando canciones de la Arrolladora. De pronto su amiga le dijo “¡Ya viste quién va ahí, es la Musaraña!”, una vieja amiga de ellas, y en vez de gritarle, corrió para alcanzarla, pero la muy tonta le puso la credencial de elector al detector de tarjeta para el torniquete, se le borró la cinta, no se dio cuenta y como iba corriendo, obvio, el torniquete no giró y se dio un chingadazo en la panza, se fue de jeta para enfrente y hasta las patas levantó. Mi Musa se espantó, le ayudó a incorporarse y después de corroborar que estaba bien, hizo lo que muchas buenas amigas suelen hacer, verla a los ojos con cara de “qué pendeja” y luego tirarse de la risa. Mientras la otra parecía que vomitaría, mi Musa estaba que no se aguantaba. Cuando vio que su amiga empezó a llorar mi Musa dejó de reír, la abrazó y caminaron hacía el andén para abordar el Metro.
            Ya era cerca de la medianoche, su amiga tan pronto dejó de llorar, comenzó a vencerla el sueño… ah, par de desveladas. Mi Musa se recargó en su hombro y también comenzó a ganarle el sueño. Poco a poco resbalaron por la pared. Pasaron cinco minutos más y mi Musa inspiradora vio su reloj, pero los números y manecillas eran borrosos. Se levantó a asomarse si ya venía el Metro. Rebasó la línea amarilla. Contempló el fondo del túnel, una luz ya se aproximaba… cerró sus ojitos, levantó la mano y ¡pum! En ese momento su amiga abrió los ojos, logró ver cómo caía mi Musa, se puso de pie, lanzó un grito de terror y se desmayó.
            Tres cafés con sustituto de crema tomé en mi sillón y consumí cuatro cigarros, esperé toda la noche que llegara mi Musa inspiradora… y no llegó, al menos esa noche. A las cinco de la mañana, cuando el sueño ya me vencía, sonó el teléfono, eran del hospital, que fuera por mi Musa.
            Y heme aquí, en camino por ella.
 

sábado, 22 de marzo de 2014

El origen por Saúl Kastro

El origen
por Saúl Kastro

Fue una de esas malas noches. No pude dormir, me sentía ansioso sin motivo aparente. Otra vez me desvelé. Me paré tarde y para colmo cerraron parte de la línea doce, según por exceso de vibración; y yo pensaba que era alguna novedad de primer mundo, un anti–estrés para los usuarios, se sentía rico… todo nos vibraba. El RTP nos llevó a la siguiente estación en función. Adentro del Metro alcancé asiento, por suerte, pero me quedé dormido otra vez, tenía que bajarme en Ermita, subir los cien escalones y caminar los 350 metros para pasar a la línea azul para llegar a la estación Viaducto... pero me pasé. Salí del convoy en la estación 20 de Noviembre para cambiar de andén y trasbordar el de regreso. Tardó en pasar. Había mucha gente en el andén y el Metro venía lleno, que digo lleno, venía hasta la madre; pocos eran los que podían entrar. Unos discutían por acá y otros por allá querían liarse a golpes para ver quién tenía la razón. Y yo estaba que me llevaba el payaso. Como era de esperarse, llegué tarde al trabajo. No pude checar y don don Chema me regresó, a pesar de la explicación del Metro cerrado. Volví de nuevo al Metro Viaducto. Me sentí peor. Todos los pensamientos negativos llegaron en cascada. Las sensaciones producidas por el divorcio volvieron. Solo quería regresar a casa y dormir.

 Mi separación matrimonial no era algo de lo que pudiera sentir orgullo. En mi caso, era la suma de mis errores, complejos y prejuicios. Percibía un dejo de fracaso, como de peste contagiosa, capaz de envenenar otras relaciones, entonces me parecía que lo mejor era no acercarme a parejas, que por lo menos parecieran felices, para no “echarles la sal”, atenuando con ello la sensación de soledad. Pero un mundo exigía mi integración, por lo que no era permitido caer, si lo hacía era posible ser roído por zopilotes y hienas y entonces sería mucho peor.
 Solo en un acto de voluntad apenas suficiente, me mantuve de pie; quizás débil, golpeado y lleno de temores, pero ahí estaba, sabedor de que solo era una mala racha. “Ya pasará”, decían algunas amistades. Y tenían razón, ya veía de nuevo la luz. El túnel oscuro quedaba atrás. Pero estaba solo… solo… “me lleva la chi… otra vez me quedé dormido”, todos bajaron en Tasqueña  y nadie me despertó o si lo intentaron ni me enteré. Entraba al área de cambio de vías. Se detuvo no sé cuánto tiempo, pero me pareció mucho. Luego marchó de regreso. Se detuvo en el andén, esperé la apertura de la puerta. La gente desde afuera me veía como mandril en zoológico.
 Cuando salí sonó mi celular, era Miguel.
–Roberto, qué onda broder; oye, el patrón calabaceó a don Chema por haberte regresado, varios llegaron tarde por el desmadre del Metro, dice que hay mucha chamba, que puedes regresar.
–Ah, que no mame el viejo, solo porque se les juntó el trabajo ¿verdad? si no ni me hablan, nel, por mí que se vaya a la goma, yo ya voy para mi casa. –Contesté molesto, de hecho desde el divorcio me sentía malhumorado… pero no tanto cuando reconocí aquella voz del lado de Miguel. “Entonces dile que se vaya a la chingada.”
–Robert, carnal, tenía puesto el altavoz, el patrón te escuchó y dice que…
 Se me enfrió la yema, la clara y el cascarón. Al final le dije a Miguel.
–Ok, Maik, lo veo mañana en su oficina.
Colgamos. “Ya – valió – chetos.” Regreso a casa repasé una vez más en dónde comenzó mi error, a fantasear que el patrón me comprendía si le explicaba el origen de las cosas… y otras cosas bonitas.




viernes, 14 de marzo de 2014

La sonrisa por Saúl Kastro

La sonrisa
por Saúl Kastro14/3/14

De la estación el Rosario a Linda Vista comencé a verla desde hace cinco días, a la misma hora. Su beldad sencilla y la gracia de sus movimientos me impactaron. No podía dejar de verla, traté de explicarme por qué me atraía de esa manera tan poderosa, pero no encontré algún detalle en particular que describiera la razón de mi sentir. Al cuarto día ella por fin me miró, su tez clara contrastó e hizo más profunda, misteriosa y atractivo el destello de sus hermosas pupilas oscuras, con breves sombras azules tenues. Sin mirada perdida, de seda, sin prisas, viva, con suspicacia discreta, sin enojo, no era de las que hablan ni ríen solas; pero las comisuras de sus labios parecían listas para sonreír. Cierto, había más mujeres en el vagón, algunas tal vez ropa nueva y más llamativa, otras tal vez de un cuerpo más apegado al estereotipo cultural de belleza, pero ella, solo ella estaba hecha a mi medida, era la sugerencia exacta para el momento exacto. Volvió a levantar con singular calma su terso y apiñonado rostro, me sonrió y el corazón me punzó, sentí un ligero mareo y la mano izquierda se me adormeció. Tal dolor no me permitió corresponder como hubiese querido.
Yo estaba seguro que era amor a primer vista, “y si he de morir de amor, dispuesto estoy al sacrificio…” pero por la tarde, Óscar, mi amigo y doctor de cabecera, pidió dejarme de idioteces y hacerme un chequeó en Cardiología; bajarle a la grasa, a la azúcar, a las fiestas prolongadas y al alcohol; mi “amor” más bien tenía síntomas de un posible infarto al miocardio; me recomendó una dieta y hacer ejercicio. Comprendí que se preocupara por mí, pero había algo que no sabía cómo explicarle y decidí averiguarlo para aclarar mis dudas.
Al día siguiente la volví a ver a la misma hora. Estaba dispuesto a hablarle, no podría asegurar que ella fuera el amor de mi vida porque no la conocía, pero la química era poderosa, irresistible; sin embargo, a la vez sentí cierta ansiedad, como si el mundo se fuera a terminar de un momento a otro. Me atreví, total, lo peor que podía pasar es que me ignorara, se rompa el encanto y ya. Salió del vagón en Linda Vista y fui tras ella. Me acerqué con cautela, caminé a su lado y le pregunté la hora. Ella se detuvo, mi miró y preguntó. “¿Estás seguro, quieres saber qué hora es?”
Me volvió a sonreír y al momento una punzada aún más fuerte me taladró el pecho. Un río congelado paralizó mi espina dorsal. Quedé inmóvil, frío, mudo. Ella se acercó y me dijo al oído “son las nueve, es tu hora”. Un fuerte repique de tímpanos me aturdió. Me llevé la mano derecha al pecho el cual lo sentía comprimirse, caí de rodillas ante ella, con la mano izquierda me aferré a sus suavísimas manos que sujetaron las mías, hacía a mí frente, la respiración se hacía lenta, sentí que si la soltaba mi vida se iba en ello.
Los transeúntes pasaban a nuestro alrededor, frente al mural de Vent, iban y venían de sus actividades, de las escaleras al desnivel, a los torniquetes, al Ciberzona, unos tomaban fotos y videos y los subían a internet con diversas etiquetas: “Los hombres de valor saben pedir perdón”; “Dónde habrase visto tanta hipocresía”; “Cosa más noble, caballero”; “Ya perdónalo, María”; “Qué falta de dignidad”; “Qué lindo, yo quiero un novio así”; “Ridículo”; “Aaaah, ternurita”; “Mírala, pinche vieja cómo lo trae y se siente la muy muy”; “Aaah, chiquito bombón, baby”; “Como si de veras tanto amor, cabrón”; “Qué pendejo, yo rogarle a una pinche vieja, ni madres”; “Ojalá así le rogaras al trabajo, pinche huevón”; “Te arrastras como si estuviera tan buena”; “Porque el petróleo es nuestro…” Mi general, ¿usted qué hace aquí? “Perdón, me equivoqué de cuento”… en fin; fueron las voces de la sabiduría popular, las palabras perfectas que describen la realidad con toda precisión, el conocimiento de la humanidad acumulado por millones de años expresado con toda claridad.
Ella tomó mi barbilla, levantó mi rostro, acercó el suyo y me dio un beso en mis labios fríos, sonrío, cerré mis ojos, ya no la quería ver más, pensé que mi corazón ya no soportaría una más de sus mortales sonrisas. Todos los que se detuvieron a observar el espectáculo aplaudieron. Ella me dijo “disculpa, pero en ocasiones me siento aburrida y busco divertirme un poco, ponte de pie, es broma, en realidad son las ocho, ya recuerdo que no atrasé la hora de mi reloj”.
El dolor disminuyó hasta desaparecer por completo. Me incorporé, tranquilo, quizá solo un poco cansado. Ella volvió a sonreír, la miré a los ojos, pero esta vez ya no sentí dolor en el pecho, ni mariposas en el estómago ni cosquilleos en el brazo, ya no sentía nada por su sonrisa, aunque quizás solo cierto dejo de nostalgia. Llegó el siguiente Metro, la gente continuó con su andar cotidiano, el andén se llenó de nuevo por un momento, como cada dos minutos, como todos los días.

domingo, 9 de marzo de 2014

El Cuentista, de Saúl Kastro

El Cuentista, de Saúl Kastro
Ya ebrios y todavía compramos más cerveza. Abordamos en la estación Popotla. Brindamos por la felicidad. En la estación Normal abordó un Cuentista, el mismo que cuenta el cuento de todos los días; que si mal no recuerdo, dice así. <<Hace muchos años, por primera vez en la historia de México, se llevaron a cabo elecciones limpias para presidente. El candidato ganador promovió la iniciativa en la ONU para constituir un comité con el firme propósito de gestionar la política internacional que promoviera el TRI (Tope de Riqueza Individual).
La humanidad había llegado a un punto en el que comprendía que muchos de sus males sociales se debían, en gran parte, a la Gran Codicia: la acumulación voraz de riqueza sin escrúpulos, por parte de algunas personas; seres capaces de todo con tal de vivir de acuerdo a sus delirios de grandeza. Que disfrutan ser y sentirse envidiados, ver que el resto hará lo que sea con tal de imitarlos, porque así mantienen el círculo vicioso que los perpetúa en el poder y condiciona a la mínima sub existencia al resto de la población; el mismo círculo que establece de forma sistémica su propio confort y placer, imponiendo de forma sutil el yugo de la ignorancia, la enfermedad y el hambre; en suma, contra la vida misma de otros seres humanos; situación que mantiene a más del 95% de los habitantes de la Tierra sin acceso a servicios básicos de auténtica calidad en educación y salud. Situación que hace más factible la presencia de un sinnúmero de padecimientos físicos, mentales, económicos y sociales a la mayoría, para mantenerlos en un pozo sin fondo.
Fue una batalla en extremo peligrosa y dura como el diamante. Asesinaron a tres miembros del comité, pero eso solo aceleró aún más el trabajo. Por fin, el 20 de octubre del año 2079, se celebró en la ONU la Convención de Irlanda, en donde 188 países firmaron el acuerdo de establecer un límite al cúmulo de riqueza personal. Costó decenas de guerrillas financiadas por quienes se vieron afectados, miles de personas ofrendaron sus vidas por la causa; porque matar o morir antes que perder privilegios, parecía ser la consigna de algunos obsesionados por el poder. Pocos fueron los que se despojaron de la mitad de su riqueza, por convicción o conveniencia de imagen, y la donaron para un fondo que promoviera vivienda, salud y capacitación laboral. Solo se respetó la fortuna de quienes demostraran que su riqueza fue producto de innovación tecnológica o negocios transparentes sin ningún vínculo con el uso denigrante de otros humanos. Diez años duró aquella guerra de guerrillas mundial, pero al final la Red de Ejércitos Unidos por la Paz tomó el control. Una nueva era de la humanidad comenzó. La diferencia de clases sociales dejó de ser monstruosamente abismal. Mejoraron para todos, los servicios básicos de vivienda, transporte, energía, salud, educación y los precios de la canasta básica, de este modo se redujeron casi en su totalidad los índices de marginación social. La idea no era desaparecer poderes, todos saben que por seguridad eso ni se puede ni se debe, solo se luchó para poner límites a la conducta humana que a costa de esclavizar a otros humanos y mantenerlos en la pobreza con engaños y amenazas, buscan su propio beneficio y algunos hasta se vuelven las personas más ricas del mundo. A partir de la Convención de Irlanda, de 5 súper millonarios a nivel mundial, el número de millonarios se incrementó a 200 millones, en solo 4 años, la riqueza se distribuía. Y el presidente de México fue nombrado Padre de la Nueva de la Humanidad>>
Terminó el cuentista su relato y quedó inerte, el musgo lo cubrió, piedra se volvió, cientos de fisuras surcaron su cuerpo, el ventilador lo sopló y como polvo se fue. Pepe no soportó más y azotó contra el piso la lata de cerveza que tenía en la mano. “¡Son chingaderas, me cae, yo ya lo sospechaba… ahora entiendo porqué tomo… por su culpa soy borracho… pero me las pagarán!” “Tranquilo, carnal”, le pedí, se supone que brindamos por la felicidad. “Déjame güey, no seas parte del complot, si eres mi brodi, apóyame.” Me aventó la mano y salió corriendo en la estación Zócalo. Salí disparado tras él, ya lo conocía de mala copa, esto no iba a terminar bien. “Si ya me lo decía mi mamá, no salgas con ese güey.” Se atravesó la avenida, por poco lo atropellan, le mentó la madre al chofer, aproveché el caos vial para cruzar rápido. Pepe aprovechó un increíble, pero cierto descuido de la Policía Militar, para intentar meterse a Palacio Nacional. “¡Vengo a ver al presidente, ya tengo la solución!” Los militares enmendaron rápido su error y le cerraron el paso. “¡Ustedes qué pedo güeyes, viva Pancho Villa, cabrones!”, les gritó. En un acto desesperado por evitar que se lo madrearan, tomé impulso para brincar la valla metálica, pero la pata derecha se me atoró con un tornillo… obvio, azoté, me fui de hocico contra un tubo. Me llevé la mano a la boca, no precisamente para aguantar la risa. De cabeza, vi a Pepe sometido al piso, con las manos a la espalda y una bota en su cabeza; gritaba “¡Cámara, la banda, ya estuvo, ya estuvo!” Mi mano amasaba sangre y varias botas militares ya me rodeaban.


lunes, 3 de marzo de 2014

El evento, por Saúl Kastro

El evento, por Saúl Kastro
3/3/2014


La boda colectiva simbólica nudista, se llevará a cabo en el interior de un vagón, en la estación Mixcoac; Spencer Tunik tomará la foto conmemorativa. La idea de despojarme del disfraz social sin temor, en un acto artístico y la unión simbólica; además de que se pagaría por el matrimonio ficticio y lo recaudado se donaría para comprar sillas de ruedas, válvulas para niños con hidrocefalia y prótesis, en apoyo a niños del Instituto Pro Infancia; me sugería una experiencia excelente, cubría mis expectativas: arte, causa social y erotismo (era un buen pretexto para invitar a su hermana de Pepe) e incluso las características físicas solicitadas las reuníamos la Chavis y yo. Se realizarían varias bodas por bloques, por lo tanto se debería estar a la hora en punto indicada en el boleto.
Empeñé mi televisión, la bicicleta y el roto martillo de mi papá, así logré juntar para los boletos y para pasarla bien con la Chavis después del evento, nuestra luna de miel, por así decirlo. Ella aceptó casarse, pero su mamá la condicionó “estás muy chiquita para esos desfiguros, que te acompañe tu hermano”.
Pero mi amigo no da paso sin huarache. “La neta, si me das pa un cartón de 12 cheves y pa dos horas en el bicho, yo me desafano y los dejo solos.” No tuve más remedio. Entonces el plan cambió, para aprovechar el tiempo libre de cuñados. Faltaban tres horas para el evento, suficiente para adelantar la luna de miel. Convencí de forma romántica a la Chavis “tons qué macita, ¿le ponemos chantilly a la fruta?” “Pues si la boda será simbólica, que la luna de miel también lo sea.” Salimos en la estación Lomas Estrella y caminamos al hotel 203, no me alcanzó para otro mejor, el cuñado me descompletó. Yo no dejaba de pensar en el chantilly. Entonces se me ocurrió matar dos pájaros de un tiro, comer fruta y comerme a la Chavis, al mismo tiempo. En el trayecto compré fruta picada y otros ingredientes que se nos antojaron.
Llegamos al hotel. Hice coraje, era injusto, ¡pagar 12 horas, cuando solo íbamos a estar 2, no se vale! Eso era un robo, pero ni modo, el hambre es el hambre. Nos dieron la llave y subimos corriendo. Nos besamos en el pasillo. Entramos a la habitación. Nos quitamos frenéticamente la ropa, le pedí se acostara boca arriba y la besé despacio de pies a cabeza. Ella suspiró profunda, me dijo “cómeme”. Entonces comencé la fantasía.
Abrí las bolsas de compras y saqué la fruta de una en una. Primero puse sandía como base sobre su estómago y entre sus lindos pechos, luego rodajas de piña alrededor, seguí con papaya y melón como capa intermedia y encima coloqué rodajas delgadas de pera y manzana, acompañadas de trocitos de plátano y fresa; luego le puse chantilly, le agregué miel, nuez, pasas, coco rayado, arándano, amaranto, chispas de chocolate, canela, gotas de vainilla y lechera. Y como toque final las cerezas. Tomé una, se la di en la boca con mis labios, la partí con mis dientes y comimos nuestra mitad de cereza, sin dejar de sonreír y mirarnos a los ojos. Me abrazó y me dijo al oído “apúrate, me estoy enfriando”. Sí, entonces acaricié su suave sexo mientras yo comía. Cerré los ojos y pensé que ahora ya sabía cómo degustaban sus manjares los dioses en tiempos del Olimpo.
Iba por la segunda bocanada, sus exhalaciones eran mi música, aquello era un manjar “oh, sí, oh… ohgggg”. De pronto la Chavis se arqueó de golpe y me estrelló la ensalada al rostro. La oí caer al piso alfombrado, gemía de forma grotesca, como gato apunto de regurgitar una bola de pelos. Me limpié el chantilly con la sábana, el ojo derecho me ardía, creo que una raya de coco se me había metido. Vi tirada a mi amiga, con manos y rodillas al suelo, carraspeaba la garganta; hasta que escupió. Miramos a detalle su escupitajo: era una cucaracha. No pudo evitar la repulsión e hizo varios reflejos de vómito, sin sacar más que baba. Que cuadro tan grotesco. Mi ojo derecho me ardía, pero con el izquierdo pude ver con clara tristeza el coctel desparramado sobre la alfombra.
La Chavis pataleó, lloró y se enojó. Se metió al baño disque a ducharse, pero volvió a gritar, encontró una chinche en una toalla. Se encabronó aún más. Se vistió tan rápido como pudo, mientras yo veía el techo con prudente silencio, me preguntaba cómo llegó aquel bicho con fina precisión hasta su garganta, me parecía increíble. Me mandó al carajo con lo de la boda por haberla llevado a ese asqueroso lugar. Ya en la calle le recordé que era un evento altruista, que no fuera gacha; pero me arrinconó contra un poste de luz y me dijo amenazante que dejara de chingarle, que no iría a encuerarse para el gringo aquel, con el cuerpo pegajoso de toda la porquería que le puse. La dejé que se marchara y yo me fui para Mixcoac, a ver si había con quién casarme o revendía los boletos.

sábado, 22 de febrero de 2014

El Metro sigue su curso, por Saúl Kastro

El Metro sigue su curso,
por Saúl Kastro


“Curso intensivo de Buenos Modales en el Sistema de Transporte Colectivo Metro.” Así lo anunciaron, duró tres días, el primero fue teórico y los otros dos, prácticos. Los instructores consideraron adecuada la línea  amarilla para ejercicios de principiantes. Aprendí a no empujar ni al subir ni al bajar, a no estorbar en la entrada, a no abrazar el tubo para que los demás también se sujeten, a dar el asiento a hombres y mujeres con niños, a adultos  mayores, a sonreír a mis compañeros de viaje y, sobre todo, aprendí las tres palabras mágicas: permiso, gracias y disculpe usted; en mi exposición, para ser evaluado, demostré cómo se puede entrar con calma, llegar a mitad del vagón lleno de gente y cómo salir sin codazos ni empujones, solicitando de manera amable permiso y dando las gracias. Al final me dieron mi diploma. Luego el instructor me dijo en su oficina que notó potencial en mí y me preguntó si quería ir un poco más allá de lo aprendido. Sus palabras fueron un reto el cual acepté. Se trataba de poner a prueba en una sola práctica todo lo aprendido, pero en situación extrema.



La cita fue en Pantitlán dirección La Paz, un lunes a las siete de la tarde; las malas lenguas decían que era el mismo infierno. Pasaron tres Metros para poder llegar hasta enfrente. Los únicos dos alumnos que aceptamos el reto ya estábamos listos. El instructor nos pidió calma. Llegó el Dragón roji-blanco, la masa popular se contrajo hacia las puertas, fuimos aplastados. “¡Soporten muchachos, soporten!”, pedía el instructor. Pero eran muchos, mi compañero y yo gritamos a la gente que había un anciano en la puerta, lo estaban aplastando. Fue en vano. La puerta se abrió. Fuimos empujados, el anciano cayó y me pareció ver que, con toda intención, puso su bastón en mis pies para tropezar, que me voy de hocico; mi compañero y el instructor trataron de ayudarnos, pero fueron barridos por la marabunta de gente. Algunos nos brincaron, otros tropezaron, nos cayeron encima, nos pisaron y corrieron a tomar asiento. Sentarse era el trofeo del día y solo los más fuertes, los más rudos, lo obtendrían, así son las reglas de la selva. En el suelo, el anciano luchó de forma amable, esquivó y detuvo pisadas con su bastón, traté de imitarlo, lo logré solo de algunas; pero al final recibí un pisotón en la mandíbula, quedé atolondrado, el referí Tirantes entró de un salto, se tiró de rodillas, contó tres palmadas y quedé fuera; dio por concluida la pelea.

               


Desperté tirado en las escaleras, mi compañero de curso, el instructor y el anciano me reanimaban. “¡Reprobé, verdad?”, fue lo primero que dije al abrir los ojos. “No, sobreviviste”, dijo mi compañero. Y mientras el anciano me colocaba mi insignia de alumno avanzado en la solapa, el instructor lo presentaba. “Él es el Gran Master, el iniciador de estos cursos”. Le estreché la mano, me felicitó, dijo que estaba orgulloso de mí. Con una fractura de mano, un ojo morado y el labio sangrando, le dije “es un honor, señor.”

jueves, 20 de febrero de 2014

Súper Man Shado, por Saúl Kastro


Súper Man Shado, 
por Saúl Kastro

Me siento mal. Seguro algún maldoso aprovechó un descuido mío y le puso kriptonita a mi cuba. El escalofrío de mis piernas y los mareos no cesan, por eso no puedo volar y me veo en la necesidad de usar el Metro. Abordo en Pantitlán, el viaje es largo hasta Observatorio, por eso lo mejor fue tratar de relajarme. No era el único súper héroe abordo, tengo buena compañía: Thor checa su Face; Aquaman canta “Fuego bajo tu piel”, de Andrea Básef; la Mujer Maravilla y Elástica leen “50 sombras de Grey”, por sus gestos se nota cuánto disfrutan su lectura.
Desde la primera estación Hiedra Venenosa me hizo ojitos; y ya por Moctezuma se acerca un poco más y también le correspondo con una sonrisa, un tanto estúpida. Supongo que por efecto de la kriptonita la veo bonita. A discreción se coloca delante de mí. Los súper héroes, por sus extra-sentidos como el del Hombre Araña, suelen percatarse de lo que sucede a su alrededor, pero es viernes, bien pueden bajarse el swicht e ir como gente normal. Hiedra pasa ligeramente la punta de su lengua entre sus labios, luego baja su mano y con un ademán me invita a acariciar su nalga. Yo dije “si es con permiso, pues va”, me acerco un poco más, me cercioro que no me vea nadie, según yo, y mi mano derecha trémula se posa sobre la forma redonda, suave y exquisita. “¡Ay, pinche viejo puerco, qué le pasa, baboso!”, grita Hiedra Venenosa al mismo tiempo que voltea y lanza manotazos. Gatúbela grita “¡Vienen manoseando a la señito, yo lo vi!” El Metro se detiene en Isabel la Católica, unos bajan y otros suben ignorando el asunto. Los demás gritan “¡Bajen a ese marrano!” Hulk y la Mole aparecen uno en cada lado mío, me toman de los brazos y me levantan. “¡Órale cabrón, vas pa fuera!” Me llevan hasta un rincón, mi pies cuelgan como trapo, me siento como gatito que será echado de la casa. Hiedra y Gatúbela van detrás de nosotros. El temblor de piernas y el mareo amenazan con crecer. Hulk la pinta claro y directo “mira güey, lo que hiciste es grave y hay testigos, si te remitimos a la Liga de la Justicia te va a ir como en feria, fácil te echas 6 meses en el chico bote, diario te van a madrear y la fianza te va a salir bien cara, mejor arréglate de una vez con la señito para que te dé el perdón y ya no haya pedo ¿cuánto traes?” Mis súper poderes me fallan, estoy súper apanicado. Saco de mi cartera un billete de 500, el resto de la paga de la semana por salvar a E.U. de terrorismo galáctico. Hiedra Venenosa me lo arrebata. No soporto, tanta mierda me causa nauseas. Es inevitable. Pese a toda su agilidad felina, Gatúbela no logra esquivar el chorro de mi vómito sobre su panza, los demás logran retroceder de un salto. La presión del estómago y de la cabeza me deja estático. Gatúbela, súper encabronada, da un súper salto, gira en el aire y lanza una súper patada directo a mi mandíbula. Todo gira de forma vertiginosa y se vuelve oscuro. Entre mi nebulosa oigo un silbato. Ironman pide a mis agresores detenerse. Ellos corren a escapar. Poco a poco recupero la visión, pero no sé dónde estoy. Veo a súper héroes salir de los vagones y esquivarme con prisa. Solo Batman y Robín tratan ayudarme, me hablan, pero no entiendo lo que me dicen.

martes, 18 de febrero de 2014

Cayó y calló para siempre, por Saúl Kastro

Cayó y calló para siempre, 
por Saúl Kastro

“Vi salir a tu viejo del hotel Castillo, con tu amiga la Chule, neta, te lo juro, hasta los grabé y se ven bien claritos.” La Shina no quería creerlo a pesar de que ya lo sospechaba. Tenía ganas de decirle que la neta la Chule está bien buena, pero imaginé que no sería prudente. Entre llantos y mentadas de madre me pidió el video antes de que llegara su marido, porque ahora sí le iba a armar su megafiesta. Te lo doy en persona, ni por guapzap ni feis, porque con eso del espionaje ya nadie está seguro. No tenía nada qué hacer y me lancé a su depa en Tlatelolco. Ya sabía como es de impulsiva, por eso le dije “si llega antes tu viejo, no vaigas a hacer tus dramas, aguántame, pa que tengas pruebas”.

Antes de entrar a la estación Ermita, me compré un estuche para llevar el celular en la cintura, me sentía muy nice con mi adquisición de 30 varos, hasta como que caminaba de lado. Era la hora pico y llegué a la estación Hidalgo. La gente se arremolinó en la puerta, unos para entrar y otros para salir, todos al mismo tiempo. Alcanzaron a salir las tres primeras personas; el chofer activó la alerta de cierre, la gente entró en pánico porque era probable que ese fuera el último Metro de su vida; los ansiosos entraron a aferrarse del primer tubo a su alcance y a estorbar en la entrada. Yo traté de salir a como diera lugar, ellos me apretaron justo en la salida, trataron de regresarme, me jalé y lo logré… pero, lleno de horror, sentí que algo valioso se desprendía de mí, voltee con sumo espanto, el estuche se rompió por el jaloneo y, en cámara lenta, vi caer mi celular con maldita precisión entre el hueco del convoy y el piso del andén. Me aventé, mi dedo anular apenas lo tocó, caí a gatas, me pegué en las rodillas, la puerta cerró con fuerza y me aplastó la cara. Se volvió a abrir “tururú, permita el libre cierre de puertas, gracias”, dijo aquella dulce voz del inframundo. Me levanté como pude. La gente sonreía. El rostro me ardía de coraje, de pena y dolor. Esperé la marcha del transporte. Me asomé a las vías, no vi nada. Corrí con el boina azul para pedirle vigilara que nadie bajara a las vías por mi cel, mientras conseguía ayuda, él me observó y sonrió “descuide, yo aquí veo”, me dijo. Corrí con el poli del torniquete, le expliqué mi desgracia, sonrió y me pidió esperar a su jefe inmediato. Luego que llegó su superior le expliqué la situación, sonrió y me dijo que la jefa de estación podría resolver, pero andaba en inspección, que esperara. Por fin llegó la susodicha, le expliqué, sonrió y me pidió fuéramos al lugar.

Revisamos, pero nada. “Su número para marcarle.” ¡Qué, oh no, no me lo sé!” y no estaba de humor para salir con la misma babosada de siempre: “es que nunca me marco”. “Cayó entre las llantas, lo más seguro”, comentó alguien. “¡Paren la línea para bajar a las vías, por favor!” les supliqué. Solo si estaba a la vista lo harían, pero desde ningún ángulo se pudo. Yo casi entro en shock… “mis contactos, mis notas, mis juegos, mis videos y fotos… pobrecito, estará sonando y vibrando solito, entre los fríos y oscuros neumáticos y nunca más lo volveré a contestar, nooooo!” Todos regresaron a sus actividades, me quedé solo, no había nada por hacer. No había más remedio que enfrentar la situación como era. Continúe mi camino, de la línea azul a la verde. Llegué a Tlatelolco y salí corriendo hacia el depa de mi amiga la Shina… pero fue demasiado tarde.

Ya había una patrulla en el lugar, la Shina no soltaba a su marido de los cabellos, dos policías trataban de separarlos y los curiosos grababan con su celular para subirlo a Youtube. Quedé atónito, retrocedí, me recargué detrás de un muro, voltee a una puerta de cristal, me vi, una gruesa línea cruzaba mi rostro. Me alejé de ese lugar lo más pronto posible, antes de que me viera la Shina y me involucrara en un asunto en donde yo no tenía nada qué ver.

domingo, 16 de febrero de 2014

Pos me asaltó, por Saúl Kastro


Pos me asaltó, por Saúl Kastro
 
El incremento en el precio al pasaje del Metro causó diversas protestas, una de ellas fue el llamado “Pos me salto”, que en realidad con la gran agilidad que tenemos la mayoría, bien pudo haberse llamado “Pos me paso por abajo”. La gente en desmadre organizado aprovechó para no pagar su pasaje dos o cinco días, de todas maneras quedaban 1825 días que sí serían pagados, hasta el nuevo incremento. La mera neta no tenía idea de quién movía todo aquel relajo, pero eso no me importaba, pues mi único interés era el caos y el exhibicionismo, era hermoso, como ser tú mismo, sentirte libre, aunque fuera solo cinco minutos.
 
Pasamos por debajo como soldados pecho a tierra, rodamos como pandas, cruzamos como frailes rezando, bailamos desde la Macarena hasta perreo; jugamos a la víbora de la mar, al barco pirata; nos tomamos fotos, las subimos al Face, etiquetamos a las amistades. Luego siguió gente profesional e invitados. Desde Coahuila, la bella Flátader, Iraís Pichardo, quien abrió con unNosepik. Luego la Skaeter, Andrea Sánchez, terminó con un Noseslide. Ambas, bicicleta y patineta, sobre la caja de metal del torniquete. ¡Ah, qué saltos! Luego los enormes saltos de pie-ala, desde gimnastas hasta bailarines de la Escuela Nacional de Danza. El Gran Mamey se quiso lucir, tomó impulso, saltó, dio tres giros, en pleno vuelo pasó la tarjeta por el detector para hacer gala de su precisión, cinco pesos marcó y luego del otro lado cayó parado en un pie en punta, sobre el dedo gordo; Pepe y yo fuimos los únicos pendejos que dimos dos aplausos de manera sincronizada “¡mucho, maes!… tro”; reprimimos ante el abucheo que recibió. “¡No mames. Pagaste. Idiota!” le gritaron. El Gran Mamey pidió disculpas y se retiró. Luego el ánimo se calmó cuando las luces se apagaron y un jazz comenzó “Smoke on the water”, dos reflectores y un maestro de ceremonias señalaron en el torniquete 1 la escultural aparición deee ¡Lunaaa Cristalll! Mis amigos y yo sacamos las chelas y nos olvidamos del Pos me salto, pos ya ni modo. ¡No manches! Qué forma de quitarse la ropa. Mientras la jauría aullaba, dos fornidos caballeros en tanga, con moñito al cuello, colocaron un firme tubo sobre un torniquete. Todos nos sentimos <> ante las acrobacias de aquella campeona olímpica del Pole Dance: anarquistas, corrientes partidistas, vagoneros, policías e inspectores, olvidamos por un rato diferencias para unirnos por una causa en común.

Las cervezas se acabaron, Pepe hizo la vaca, echamos volado y perdí, me tocó ir. Corrí antes de que comenzara el segundo tiempo. Salí de la estación Tacubaya, fui hacia la tienda sobre la avenida, pero me topé con un retén ratón: un individuo pelón y tatuado elegía de forma aleatoria a los transeúntes “caballero, pase por aquí, por favor, los demás pueden seguir tranquilos”; otro guía, a los elegidos, nos formó entre conos de tránsito; al frente, dos chavos de traje con pistola en mano hacían el cacheo. Llegó mi turno. “¡Cámara eseee, cayitos con la luz, si no quiere que te abarateee.” “No, miren jóvenes, aquí hay un error…” ¡Pum! Chingadazo al hígado. “¡No te pregunté si me equivoqueeeé, dije <
> óraleee!” Yo estaba pasmado, me sacaron el aire, el dinero del bolsillo y mi reloj, cierto que mi reloj no valía 3000 caguamas, como el de un humilde Secretario de Estado, preocupado por el hambre y la pobreza, pero era un regalo de mi papá y eso me caló. “¡Y esto es pa que no te vuelvas a poner pendejooo!” ¡Pum! Directo a la jeta. Regresé al Metro por mis compas “ahorita van a ver estos cabrones”. “¿Y las chelas?” preguntó Pepe. “¡Qué creen chavos, que me acaban de asaltar!” “¡Aaaaaaahhh!” exclamó la banda, me la mentaron con chiflidos, luego me zapearon. “¡Cómo eres güey!” Un diente se me zafó, me agaché a buscarlo. Lo encontré y lo guardé en el mismo bolsillo de donde saqué un pedazo de periódico para limpiarme la sangre. En el torniquete tres ya bailaba Katy, la Reyna de Insurgentes. Pero ya no me pareció tan precioso el asunto. Ya no quería caos ni exhibirme, solo regresar a casa.

viernes, 14 de febrero de 2014

Amor de laboratorio por Saúl Kastro

Amor de laboratorio
por Saúl Kastro  
“Metro Bondojito, ahí nos vemos”, luego me advirtió que a su papá le retencabrona la impuntualidad. El empleo temporal que me ofreció consistía en probar durante un acto sexual cierto tipo de sustancia, la cual estaba en fase experimental. “No pasa nada”, me dijo Yoshiko. Él y yo nos volvimos a encontrar en el Face, le platiqué de mi mala racha y decidió regresarme el favor de haberlo defendido cuando éramos estudiantes. “Sin ti mi vida hubiera valido cacahuate japonés, jijiji”. Increíble, tantos años y seguía con el mismo pinche chistecito. Él abogó por mí, pues su papá ya tenía parejas seleccionadas, pero consideró el paro que le hice a su hijo. En realidad nunca fue mi intención defenderlo, en tres ocasiones que le quisieron hacer bullyng por ñoño, yo pasaba por casualidad y corría a esconderse detrás de mí.
 
El objetivo de la píldora lo sabría después de la revisión médica, de los laboratorios y de firmar algunos papeles de discrecionalidad. “Meras cuestiones administrativas, tú solo te preocuparás de tomar la píldora, hacerle el amor a tu novia y después cobrar”, me dijo. Yo no tenía novia pero busqué en mis contactos a una chica sin escrúpulos, muy valiente y con ganas de ganar una buena marmaja. Fue fácil, lo difícil fue convencerlas por completo. Al final de tres solo aceptó una y acordamos la regla principal: solo por dinero. “Ok”, dijo. La cita fue en Taxqueña. Al ver que no llegaba le mandé mensaje “ke pedo”. “Ya voy”, contestó. Justificó su retardo porque no tenía con quién dejar a su bebé; sin más remedio se lo encargó a su niño mayor. Aun así le advertí que estábamos justos de tiempo. Durante el viaje la noté indiferente, así que me acerqué y le dije al oído “ya que vamos a tener sexo, por lo menos vamos a disfrutarlo ¿va?” Sonrió algo forzada, su amplia ojera izquierda tenía un tic y me tomó de la mano.
 
Siguiente estación. Un vagonero subió en Pino Suárez a vender toda la discografía de los Bettles, en un solo disco… a 10 varitos ¡Ay güeeey! “Help, l need somebody, help…” retumbó en los oídos. Una señora le exigió le bajara a su chingadera. El bocinero le mentó su madre. Un señor se paró y le dijo que le bajara de huevos. El macho se quitó las bocinas, luego la camisa y dejó ver sobre su piel las marcas de su guerra, como muestra de que no tenía nada qué perder ni temer y retó a golpes a todos. Mi amiga se paró gritando “¡no que ya los iban a quitar y mis cinco pesos qué!”. Le dije “¡Cálmate güey, luego yo te los doy!” Pero me ignoró y jaló la palanca de emergencia. El convoy  llegó a la Merced. Un policía pidió refuerzos, el bocinero chifló. De ambos bandos llegaron y se armó el desmadre. Tardamos en salir pero lo logramos. Faltaban quince minutos para la hora, corrimos a la avenida por un taxi, pero no había libres. Le marqué a Yoshiko, que nos esperara por favor solo cinco minutos. “Lo siento, amigo, mi papá es quien decide y me dice que ya valiste cacahuate japonés jijiji, ya te devolveré el favor en otra ocasión, sayonara.” “¡Sayonara tu madre, güey!” estaba que me llevaba la chingada. Mientras tanto, mi amiga veía ante un cristal bolsos y zapatos para combinar. Me paré a su lado. “Relax, ya no llegamos, ni modo.” Me dijo sin quitar su vista de la oferta. No contesté, pero con la boca apretada, traté de inhalar mucho, mucho aire. A dos calles de ahí el metro continuó su marcha normal.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Los de abajo la pagan, por Saúl Kastro

Los de abajo la pagan, 
por Saúl Kastro  
Me dormí hasta las dos de la mañana por estar en el FaceBook, al chat con seis contactos a la vez. Siete almas dispuestas a pagar el precio del desvelo. Los mensajes iban y venían en cascada, dedos pulgar e índice, aunque adormilados, tenían cierta velocidad impresionante, ojalá así hubiera sido en la escuela. ¡Cuánto amor, qué historias!... y a las cuatro de la mañana ¡Pá-ra-te! Casi por inercia me preparé para salir al trabajo. “No lo vuelvo hacer”, dijera el clásico. En el Metro no alcancé asiento, por más que metí empujones, patadas y codazos, al final un gordito impidió de un panzazo que me sentara. El viaje era largo, me caía de sueño, hacía mucho calor, la infinidad de aromas resultaban sofocantes. No podía más, mis párpados eran de plomo y las piernas de trapo. Frente a mí apareció Thalía para exigirme que le diera un beso. De pronto me sentí caer, afiancé el tubo con fuerza, el cuerpo se me enfrió, las piernas se me doblaron y con precisión quirúrgica mi rodilla derecha chocó con la rodilla izquierda de la señora sentada frente a mí. La tibia se me enfrió; fácil me reventé un nervio o algo así, yo supuse. La señora, quien dormía, abrió sus ojos: hinchados, rojos, asesinos; echaba humo por las orejas y espuma por la boca. La verruga de su nariz palpitaba, como si tuviera vida propia. Le iba a pedir una disculpa, pero cual Bruce Lee lanzó un latigueo con sus dedos en mi testículo izquierdo, lo cual reprimió el sonido de mis palabras, solo balbuceé un “no ma”. “¡Viejo baboso!” Me gritó. El dolor fue inmensamente superior al de la rodilla. El convoy se detuvo en Chabacano. Como pude salí, no sé si floté o caminé. Maldije a la señito, maldije al FB, por su culpa me desvelé, maldije mi maldición. Me senté al lado de un discapacitado visual que vendía alegrías y cacahuates. Me saludó. “¡Buenos días, señor!” le contesté. Y el dolor siguió.

lunes, 10 de febrero de 2014

Mirada y beso, por Saúl Kastro

Mirada y beso
por Saúl Kastro  
Leía a Poniatowska, concluí un capítulo y alcé mi vista para descansarla un poco. Frente a mí una pareja. Su mirada de ella me resultó incómoda, lo fue porque me gustó. Ella lo abrazó, recargó su mejilla en el hombro de él, me observó, humedeció sus labios y peinó con sus dedos su cabello teñido de color caoba para descubrir su faz morena, el largo de sus pestañas arrimeladas y el fino delineado sobre sus párpados. Esquivé su mirada ante la sospecha de ser observado. Sobre ella, un mensaje pintado con marcador negro, en una etiqueta adherida al vidrio, era un llamado a guerra civil, detrás del mensaje la oscuridad del túnel. Bajé la mirada con la esperanza de encontrarme de nuevo, su mirada incómoda y a la vez agradable. Pero su novio, o lo que fuese, la besó, la abrazó, la estrujó. Regreso a Poniatowska, mi vista ha descansado.