viernes, 29 de marzo de 2013

Zozohua, por Graciela Salazar Reyna


Zozohua
Por Graciela Salazar Reyna



Entre la celebración de la primavera, el natalicio de nuestro benemérito y el día mundial de la poesía se mueve la violencia con afiladas garras, por todo el país; medio centenar de víctimas en dos días, fin de semana aterrador, para quienes les toca ver y escuchar de cerca impactos o cadáveres puestos en cualquier calle, donde debe transitarse durante el día para realizar los quehaceres cotidianos. Esto en el pórtico de la semana mayor preparándose, deveras, la pasión de Cristo, sangre y más sangre derramada y expuesta públicamente; lo cual, seguro, no redimirá los pecados de nadie.

Con asombro, vemos que la instancia recién estrenada en México, para encargarse de disminuir la violencia (Comisión Nacional de Seguridad y su titular), se dedica a minimizar la realidad que –en Guerrero, Nuevo León, Tamaulipas, Jalisco, Estado de México, Durango, Morelos, Oaxaca, Michoacán y otras entidades- por más que quieran no puede ocultarse. Las autoridades no solo han perdido, hace mucho tiempo, su capacidad de asombro sino la noción de vergüenza y compromiso del servidor público para con la ciudadanía.

Cada vez más cobra sentido en el imaginario “Si Juárez no hubiera muerto”, se agiganta la figura de la honradez humanizada en aquel indio, tan natural de su tierra, de la que uno quisiera nuevo rebrote. Dejo aquí a los que esperan aún la primavera y con ella se resisten a que nuestro país termine abatido por el deshonor y la violencia, un pasaje que aleja por un momento de la tristeza; y, permite seguir ensartando cuentas de esperanza.

“Su andar era firme, como aquel que está acostumbrado a caminar entre breñas y sobre rocas. Sus pies eran sabios como eran sabias sus manos. Desnudos los tuvo toda la niñez: los dedos de los pies flexibles, prontos a sortear y a acomodarse a las desigualdades del terreno: garfios para mantenerlo firme sobre la tierra. (…)
Era pudoroso, indio al fin. Tenía limpio el cuerpo como tenía limpia el alma. Se bañaba todos los días, al amanecer, con agua fría, como en su niñez, con aquella agua que fluía por los muslos de la montaña, que dijo Ralph Roeder.”[1]




[1] Andrés Henestrosa. Los caminos de Juárez (Lecturas mexicanas No. 77), FCE, México 1985.

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